Sentir que el corazón se acelera al límite, que falta el aire, que el pecho se oprime y que una catástrofe es inminente puede resultar una experiencia profundamente aterradora. Para quienes lo experimentan, un ataque de pánico suele vivirse como un infarto o una pérdida absoluta de control. Sin embargo, los especialistas recuerdan un principio fundamental: aunque generan un miedo intenso, los ataques de pánico no son peligrosos en sí mismos.
Aprender a identificar las señales de alerta y conocer las pautas adecuadas de acompañamiento marca una diferencia sustancial en la recuperación y el bienestar de los pacientes.
El ciclo del miedo y la interpretación física
Damaris Ramos Vega, docente del programa de Psicología de Areandina, sede Bogotá, señala que uno de los principales detonantes del agravamiento de la crisis es la forma en que el cerebro interpreta las sensaciones físicas.
«La persona siente algo intenso en el cuerpo y lo interpreta como una catástrofe inminente. Entonces aparece más miedo, el cuerpo reacciona con más fuerza y el episodio se intensifica. Entender lo que está pasando ayuda a romper esa cadena», explica la docente.
En términos clínicos, un ataque de pánico es una respuesta de miedo repentino que puede durar entre 5 y 20 minutos, presentándose incluso sin la existencia de un peligro real. Cuando estos episodios se repiten de forma constante y generan un miedo persistente a sufrir nuevos ataques, se puede hablar de un trastorno de pánico, situación en la cual se aconseja buscar apoyo profesional.
Entre los síntomas más comunes predominan las palpitaciones, la taquicardia, la opresión torácica, la sensación de ahogo, la sudoración, los temblores y el mareo, acompañados de pensamientos alarmantes sobre la muerte o la locura.
Identificar los «preataques» y regular la respiración
Reconocer una etapa previa o «preataque» —caracterizada por inquietud, pensamientos anticipatorios o alteraciones en la respiración— permite intervenir antes de que la crisis escale.
Una de las herramientas prácticas recomendadas es la respiración diafragmática: inhalar por la nariz contando hasta cuatro, retener el aire cuatro segundos y exhalar lentamente por la boca contando hasta seis. Esta técnica ayuda a regular el sistema nervioso sin necesidad de luchar contra la sensación corporal.
Asimismo, se deben tener en cuenta factores de riesgo cotidianos que elevan la probabilidad de sufrir estos episodios, tales como:
- El consumo excesivo de cafeína y alcohol.
- La privación crónica de sueño.
- El estrés laboral y emocional prolongado.
Qué hacer y qué evitar durante una crisis
Acompañar a alguien que atraviesa un ataque de pánico requiere empatía y evitar reacciones contraproducentes. Expresiones comunes como «cálmate» o «no es para tanto» suelen invalidar el sufrimiento del otro, al igual que minimizar sus síntomas o bombardearle con preguntas.
En su lugar, los expertos sugieren mantener la calma, hablar con voz serena y ofrecer compañía sin invadir el espacio personal. Frases cortas como «puedo quedarme contigo» o «vamos a respirar juntos si quieres» reducen la sensación de soledad. También resulta útil aplicar técnicas de anclaje en el presente, pidiéndole a la persona que nombre cinco cosas que ve, cuatro que puede tocar y tres que escucha.
Una vez superado el episodio, es recomendable validar la experiencia sin dramatizar: reconocer que la vivencia fue difícil, pero recordar que los síntomas físicos terminan cediendo. Si las crisis limitan la rutina diaria o provocan el aislamiento por temor a nuevos ataques, la terapia cognitivo-conductual se posiciona como uno de los tratamientos más efectivos para recuperar la estabilidad emocional.
















Discussion about this post