Catatumbo, Colombia. Hasta hace poco, la vida de Yuliana, de 18 años, giraba en torno a los surcos verdes e infinitos de la hoja de coca. Su jornada empezaba al amanecer, con los pies cubiertos de rocío y las manos listas para cosechar un futuro que no elegía. Hoy, por primera vez, se prepara para otro tipo de jornada: empacar cuadernos, pensar en su matrícula y adaptarse a un campus universitario. Ella, junto a otros doce jóvenes del Catatumbo, ha sido admitida en la Universidad Popular del Cesar, gracias a una ruta de oportunidades tejida desde el Gobierno del Cambio.
“Un niño o niña que permanece en el sistema educativo es un joven menos para la guerra”, es una frase que el Ministerio de Educación repite como mantra, pero que, en esta historia, encuentra carne, hueso y esperanza.
Estos trece estudiantes fueron admitidos a través de un proceso especial de inclusión en las sedes de Aguachica y Valledupar, como parte de la Ruta del Amor por el Catatumbo, una estrategia integral liderada por el Ministerio de Educación Nacional. Más que un programa, es un gesto de reparación histórica para territorios marcados por la desigualdad, la pobreza y los efectos del conflicto armado.
De la invisibilidad a la matrícula universitaria
Para muchos, llegar a la universidad parece una meta evidente. Para estos jóvenes, era impensable. “Nunca imaginé que tendría esta oportunidad. Pensaba que mi destino era seguir en el campo, como mis padres”, confiesa Luis*, uno de los admitidos que ahora cursará Ingeniería Agroindustrial.
La estrategia no se limita al acceso. La Universidad Popular del Cesar garantizará alojamiento, alimentación y subsidios de sostenimiento para asegurar que los estudiantes no solo lleguen a la universidad, sino que puedan quedarse y graduarse.
Durante el acto de bienvenida, Luis José Rodríguez Torres, secretario general de la universidad, destacó:
“Estoy convencido de que la Universidad honra su compromiso con la justicia social. El Consejo Académico, bajo la dirección de nuestro rector Robert Romero Ramírez, ha entendido que educar también es transformar vidas”.
Desde el Ministerio de Educación, Maritza Molina, secretaria general, entregó a los jóvenes un mensaje del ministro Daniel Rojas Medellín:
“No es solo un cupo lo que reciben, es una nueva oportunidad de vida para ustedes y sus familias. Nos comprometemos a que este paso sea acompañado, con calidad y permanencia. Aquí nace una educación para la paz”.
Sembrar educación, cosechar esperanza
La región del Catatumbo ha sido durante décadas una de las más golpeadas por el abandono estatal, el conflicto y las economías ilegales. Pero estos trece jóvenes encarnan una transformación que está en marcha. No es una historia de salvación desde afuera: es la historia de cómo el Estado, por fin, mira a su propia gente y le tiende la mano.
En sus mochilas ahora hay libros en lugar de herramientas de recolección. En su mirada, la certeza de que el aula puede ser más poderosa que el fusil. El paso que han dado no es solo individual: es una promesa colectiva. Una universidad que los recibe, un gobierno que los acompaña y un país que, lentamente, empieza a entender que la paz se siembra con educación.
Porque cuando la coca deja de ser el único camino, florecen nuevas rutas: las del conocimiento, la dignidad y el amor propio.















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