Cúcuta, 8 de agosto de 2025. En lo profundo de los campos de Colombia, lejos de los titulares y el ruido de la ciudad, se libra una batalla silenciosa, pero vital. Durante más de nueve años, los soldados de la Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario del Ejército Nacional han caminado por senderos marcados por el miedo, trabajando incansablemente para liberar a la tierra de un enemigo invisible y letal: las minas antipersonal.
Esta labor, que no busca gloria, sino devolver la vida, ha transformado territorios históricamente afectados. El proceso, que inició en departamentos como Santander, Antioquia y el Valle del Cauca, se ha extendido con el tiempo, permitiendo declarar 285 municipios libres de sospecha de minas antipersonal. Cada hectárea despejada no es solo un número, es una promesa de futuro, una tierra que vuelve a ser fértil y segura para cultivar, un camino por el que los niños pueden volver a transitar sin temor.
Actualmente, los esfuerzos se concentran en zonas que, por años, la violencia y la geografía mantuvieron inaccesibles. El coronel Edward Cardozo Osorio, comandante de la Brigada de Desminado, lo explica con la voz de quien conoce el valor de cada paso. «En Antioquia, en San Rafael, San Carlos y Granada, nuestros desminadores siguen. Solo en San Rafael, este año hemos destruido 16 minas y despejado más de 11.000 metros cuadrados. En Nariño, después de años sin poder intervenir por la seguridad, avanzamos en San Pablo, Cumbal y Mallama. Son operaciones vitales para devolver la tranquilidad a las comunidades».
Sin embargo, el peligro persiste. A pesar de los avances, el desconocimiento sigue cobrando vidas. El Coronel Cardozo recuerda la importancia de la educación en el riesgo de minas, especialmente cuando niños y campesinos, sin saberlo, manipulan estos artefactos, exponiéndose a consecuencias trágicas. Por ello, los facilitadores del Ejército han redoblado esfuerzos, capacitando a más de 40.000 personas este año, enseñando a las comunidades prácticas seguras y protocolos de denuncia.
Cada mina destruida es un acto de amor y esperanza. Es una vida protegida, una escuela que vuelve a abrir sus puertas, un niño que puede correr sin miedo, un campesino que recupera la confianza en su tierra. Los soldados del Ejército Nacional no solo destruyen explosivos, sino que reconstruyen la confianza, restauran caminos y, lo más importante, recuperan la libertad de las comunidades. Es la crónica de la vida que renace, un paso a la vez, en el corazón de Colombia.



















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