Perder peso es solo la mitad de la batalla; la verdadera crisis de salud pública radica en evitar recuperarlo. Un estudio reciente del Imperial College London ha revelado que, tras una pérdida de peso, el organismo desarrolla cambios biológicos persistentes en el tejido adiposo que facilitan la reganancia. Estos hallazgos confirman que el «efecto rebote» no es una falta de disciplina, sino una respuesta adaptativa del cuerpo humano.
Ante esta evidencia, la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo hace un llamado urgente: la obesidad debe ser tratada como una enfermedad crónica, metabólica y hormonal, y no como un problema estético. El liderazgo del endocrinólogo es fundamental para navegar los complejos mecanismos de la leptina, la grelina y la insulina que regulan el apetito.
El metabolismo en modo defensa
Cuando una persona pierde peso de forma drástica o mediante dietas restrictivas sin supervisión (como el ayuno intermitente o la dieta cetogénica), el cuerpo activa un «modo de ahorro». El gasto energético disminuye, el hambre aumenta y la saciedad desaparece.
«En consulta vemos que el rebote no es la excepción, sino la regla cuando no hay un abordaje médico integral», explica el doctor John Duque, endocrinólogo. El especialista enfatiza que el tratamiento debe incluir:
- Preservación de masa muscular: Mediante ejercicio de fuerza y resistencia para sostener el gasto energético.
- Evaluación de comorbilidades: Identificar resistencia a la insulina, alteraciones tiroideas o dislipidemia.
- Seguimiento continuo: El acompañamiento médico no termina cuando se alcanza el peso meta; la fase de mantenimiento es crítica para evitar la adaptación metabólica.
















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