Más allá del cliché comparativo entre personajes de series y políticos, la televisión nos enseña a entender cómo la realidad no se puede escapar de las estructuras de la ficción. Este es un análisis del juego electoral a través de dramas políticos populares de Netflix como Ozark , La casa de papel y House of Cards .
Llegó ese momento del año. Nos levantamos, después de la Ley seca, embriagados en espíritu democrático, para ir a votar por quienes van a representarnos, a respaldar nuestros intereses y a hacer del país un lugar mejor. El problema, como siempre, es que a pesar de que existan las votaciones no nos sentimos representados. Nuestros intereses difieren y palabras vacías como “mejorar” adquieren sentidos antagónicos.
En cualquier caso, en esta temporada más que nunca, como quien asiste a un espectáculo, somos testigos de las movidas, jugadas y estrategias políticas de todo tipo con las que se enfrentan los candidatos a sus contendientes. Las maromas de los políticos en periodo electoral no tienen mucho que envidiarles a las producciones de Netflix.
Sin embargo, cuando vemos una película o serie de ficción ocurre algo interesante: la mirada de la cámara construye una perspectiva que hace que, a diferencia de la realidad, veamos un más allá de la perspectiva individual.
Por eso es que series como House of Cards, Ozark o La casa de papel pueden darnos una perspectiva sobre la política desde otro ángulo. Manifiestan elementos que podríamos llamar (para utilizar un término freudiano) reprimidos. Es decir, algo que queda fuera del discurso y que no pasa la barrera de la censura de la realidad política.
Al hablar de “la realidad” como lo hacemos aquí, desde un conjunto de series pertenecientes al género de ficción, no queremos llegar al lugar común según el cual toda ficción se construye con base en la realidad.
Por el contrario, el calificativo “ficticio”, incluyendo su connotación despectiva como carencia de realidad o separación frente a los hechos, nos brinda un lente diferente para enfrentarnos a la realidad.
Es un principio psicoanalítico: lo ficcional permite vislumbrar no cómo esta es un reflejo de la realidad, sino la manera en que la realidad está organizada, inmiscuida, atrapada por la estructura de la ficción.
Si la contienda política se nos plantea como una tragedia (una lucha por enterrar a los adversarios enfrentados en una odisea por cumplir el anhelado fin ideológico y “traer estabilidad a la república”), entonces, su ficción es una comedia que, por abstraerse de la realidad, permite escenificar los conflictos y las pasiones humanas al hacer surgir la lógica del juego.
















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