Aunque mucha gente sigue trabajando, estudiando y cumpliendo con todas sus obligaciones, vive con la constante sensación de que algo malo está por pasar. Ese estado de alerta continua, aun cuando “todo está bien”, se conoce como ansiedad funcional: un malestar silencioso que no siempre paraliza las actividades cotidianas de la persona, pero que sí genera un profundo desgaste físico y emocional que se vuelve rutina sin previo aviso.
Las dimensiones de esta problemática son globales y locales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 4,4 % de la población mundial vive con un trastorno de ansiedad. En el panorama nacional, el Ministerio de Salud reportó en 2025 que el 66,3 % de las personas en Colombia manifestó haber enfrentado algún problema relacionado con su salud mental.
El rendimiento que esconde el sufrimiento
Una de las principales complejidades de esta condición es su invisibilidad en el entorno social y laboral, ya que suele camuflarse detrás de conductas socialmente valoradas.
“La persona sigue funcionando y por eso el entorno muchas veces no nota el malestar. Cumple, responde y hasta parece eficiente, pero por dentro sostiene una tensión que termina pasándole factura al cuerpo y a las emociones. Este problema suele confundirse con ‘ser responsable’, ‘estar pendiente’ o ‘rendir bajo presión’”. — Ángela María Acevedo, docente del programa de Psicología de Areandina, Seccional Pereira.
La diferencia frente a la ansiedad adaptativa es clave. Mientras que la ansiedad normal aparece ante una situación específica, ayuda a reaccionar y disminuye una vez que pasa el reto, en la ansiedad funcional la mente permanece anticipando escenarios problemáticos, incluso en momentos de calma. Debido a esto, dormir no siempre garantiza un descanso real, desconectarse de las obligaciones cuesta y el cuerpo se mantiene biológicamente activado. Aunque no se encuentra catalogada como un diagnóstico único en los manuales clínicos oficiales, representa una forma de sufrimiento cotidiano que puede agravarse si se normaliza.
Factores de entorno y disparadores diarios
Las causas de esta activación constante están estrechamente vinculadas con la dinámica de la vida moderna. La OMS advierte que las cargas laborales excesivas, la inseguridad en el empleo, el poco control sobre las tareas y los entornos de alta presión afectan de forma directa la estabilidad mental. A este escenario se suman la comparación permanente a través de las redes sociales, la dificultad estructural para desconectarse, la presión social por alcanzar metas de forma rápida y la incertidumbre económica contemporánea.
“En consulta se ve con frecuencia gente que dice: ‘yo puedo con todo’, pero vive cansada, irritable y con la cabeza acelerada. Ese discurso de normalidad tapa señales importantes y hace que la ayuda se busque tarde, cuando el desgaste ya interfiere con la vida diaria”. — Ángela María Acevedo, docente de Areandina.
Pistas de alerta y brechas de género
Existen indicadores físicos y conductuales que conviene revisar a tiempo antes de que el desgaste sea mayor. Entre las señales más comunes se encuentran la dificultad para concentrarse, la sensación de tener la mente ocupada durante todo el día, la preocupación constante sin una causa clara, la irritabilidad, la tensión muscular persistente, el cansancio continuo y las alteraciones del sueño. El mayor riesgo radica en la costumbre: las personas se habitúan a vivir agotadas o tensas, dejando de percibir estas manifestaciones como alertas.
Según datos de la OMS, las mujeres se ven más afectadas por los trastornos de ansiedad que los hombres, y los síntomas suelen manifestarse desde la niñez o la adolescencia. En Colombia, la encuesta divulgada por Minsalud coincidió en que el autorreporte de afectaciones en salud mental fue significativamente mayor en la población femenina, lo cual se asocia a la sobrecarga de roles, las exigencias familiares y la presión de sostener múltiples frentes simultáneamente. En el caso de los jóvenes, pesan factores como la presión por rendir temprano y definir su proyecto de vida, potenciados en las urbes por el ruido, el tráfico y la hiperconexión.
Medidas prácticas y búsqueda de apoyo
Para reducir la activación biológica del organismo y recuperar la sensación de control, la OMS recomienda adoptar medidas prácticas en la rutina diaria:
- Mantener horarios regulares para el sueño y la ingesta de comidas.
- Realizar actividad física de forma frecuente.
- Practicar técnicas de respiración lenta o ejercicios de relajación.
- Desarrollar hábitos basados en la atención plena (mindfulness).
Asimismo, los expertos aconsejan establecer límites estrictos al uso de dispositivos móviles, realizar pausas reales durante las jornadas y no asumir la tensión permanente como el estado natural de la vida. Si la alerta constante afecta las relaciones, el estudio, el trabajo o la salud física, la intervención profesional es necesaria.
“Pedir ayuda no significa que la persona sea débil ni que esté fallando. Significa que reconoció que vivir en modo supervivencia no debería convertirse en su forma habitual de vivir”. — Ángela María Acevedo, docente de Areandina.




















































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