El contenido negativo a veces es inevitable en el mundo digital, pero consumir en exceso esta información puede tener un impacto severo en la salud mental y emocional. Esta práctica se ha consolidado como una de tantas causas cotidianas, aparentemente inofensivas, que pueden estar contribuyendo al deterioro de la salud mental en el país.
Las dimensiones de esta problemática se reflejan en las estadísticas oficiales. Según el Boletín de Salud Mental del Ministerio de Salud y Protección Social, el 10.9% de los colombianos ha padecido depresión en algún momento de su vida. Asimismo, la ansiedad se posiciona como otro de los problemas que más afecta a la población, registrando una prevalencia del 11.4% en las mujeres y del 7.8% en los hombres.
El impacto del contenido alarmante en el cerebro
Cientos de reels y carruseles informativos vienen cargados cada día de accidentes, actos violentos, intolerancia, crimen organizado y vandalismo, entre muchos otros sucesos. Repetir permanentemente la visualización de estos contenidos alarmantes modifica de forma gradual la manera en que el cerebro interpreta el entorno.
“La exposición repetida a información negativa activa de manera sostenida los esquemas cognitivos de amenaza; estos son patrones de pensamiento que le dicen al cerebro que el mundo es peligroso e impredecible”, explica María de Guadalupe Blanco Betancourt, psicóloga y especialista en terapia cognitivo-conductual de UNICOC. “Cuando estos esquemas se activan con frecuencia, el sistema nervioso entra en un estado de alerta crónica que genera ansiedad, tensión muscular, irritabilidad y sensación de vulnerabilidad”.
Según detalla la experta, este fenómeno puede intensificarse con el tiempo hasta generar lo que en psicología se conoce como “desesperanza aprendida”, es decir, la sensación de que nada puede mejorar y que el entorno es permanentemente hostil.
Parte de este efecto ocurre porque el cerebro humano está biológicamente diseñado para prestar más atención a las amenazas que a las buenas noticias. Este mecanismo, conocido como “sesgo de negatividad”, fue clave para la supervivencia de la especie durante miles de años, pero hoy influye de manera directa en la forma en que las personas consumen el contenido digital.
Señales de alerta y distorsiones cognitivas
Todo este consumo, tarde o temprano, afecta el bienestar cotidiano, por lo que es indispensable estar atento a las señales emocionales, cognitivas y conductuales que indican que la relación con la información se está volviendo perjudicial.
Los pensamientos intrusivos sobre las informaciones consumidas, la dificultad para concentrarse, la irritabilidad constante, la tristeza después de revisar las redes sociales o la necesidad compulsiva de actualizar los titulares son algunos de los síntomas más frecuentes. También puede aparecer una percepción generalizada de que “todo está mal”, incluso cuando el entorno inmediato no refleja necesariamente esa realidad.
Otra de las afectaciones más preocupantes se da cuando el contenido interfiere con el sueño o el rendimiento cotidiano. Por ello, se recomienda no revisar noticias antes de dormir, pues esto activa el sistema de alerta cerebral en un momento en el que el cuerpo debería prepararse para descansar. Además, la exposición constante a tragedias puede generar una “distorsión cognitiva de generalización excesiva”, en la que las personas empiezan a asumir que todo lo que ven en los medios representa la totalidad de la realidad, haciendo que el mundo parezca más peligroso de lo que realmente es.
Herramientas para un consumo equilibrado
Pese a que desconectarse totalmente de la información es una utopía en estos tiempos, sí es posible aprender a consumirla de forma más equilibrada y consciente. Para ello, la especialista de UNICOC recomienda establecer pautas claras de autocuidado:
- Establecer ventanas de información: Definir horarios específicos durante el día para revisar noticias y evitar el consumo continuo.
- Evaluación cognitiva del contenido: Preguntarse activamente si la información consumida es accionable o si vale la pena el costo emocional que representa.
- Contrarrestar el sesgo de negatividad: Buscar intencionalmente mensajes positivos o historias de resiliencia para equilibrar la perspectiva del entorno.
Finalmente, se sugiere mantener hábitos saludables que funcionen como factores de protección emocional, tales como la práctica regular de ejercicio físico, el descanso adecuado, el contacto directo con la naturaleza y el fortalecimiento de las relaciones sociales cotidianas.
















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