Hace 500 años los conquistadores españoles llegaron al Nuevo Mundo y todos sabemos como terminó esa historia plagada de despojos, violaciones y muerte en contra de los pueblos nativos de Sudamérica. Hoy, cinco siglos después del llamado «Encontronazo de Dos Mundos», son ellos, nuestros indígenas son los que se embarcaron hacia nuevas tierras con rumbo a la gran metrópoli de cemento. «Venimos en paz, queremos enviar un mensaje de hermandad a nuestros hermanos de Cúcuta y Colombia», dijo con sonrisa nerviosa una de las indígenas vestida con atuendos propios de su desconocida y rica cultura y a quién su nombre no pude entender por el bullicio a nuestro alrededor.
Los Motilón Barí llegaron de los confines de la Selva del Catatumbo, una tierra rica en recursos naturales, con un bosque exuberante, llena de mitos ancestrales, pero tan olvidada por la falta de presencia del Estado, que es el Estado el que precisamente allí no manda ni existe. «Nos han robado las tierras durante toda la vida, el hombre blanco y sus empresas nos ha explotado por generaciones. Hemos defendido con sangre nuestro territorio y hoy estamos acá para que este crimen pare de una vez por todas», exclamó con fuerza uno de los caciques de quien tampoco pude copiar su nombre en lengua Barí.
Muchos de ellos no conocían la «civilización», no sabían qué era una ciudad, un edificio, un carro o un semáforo. Muchos pisaban por primera vez Cúcuta. «Es bonita la ciudad pero es mucho más bonita la selva, es nuestro hogar sagrado, la naturaleza es nuestra madre y somos felices a su lado», somos felices a su lado, me dijo una joven indígena, que como muchos nativos hablan español «machacado» por el contacto de sus descendientes con misioneros católicos, delegados de empresas petroleras y ante todo por la inevitable cercanía de los actores armados ilegales. «Fue el hombre blanco el que llevó la violencia a nuestro territorio, somos gente de paz, nunca nos hemos metido con nadie, nosotros allá y ustedes acá, pero teníamos que venir a la ciudad para demostrarles que no queremos más conflicto», expresó en voz alta uno de los líderes de resguardo.
Llegaron en paz, marcharon en paz y se despedirán en paz, y cuando se vayan, una pregunta merodeará mi cabeza: ¿Porqué nunca nosotros en las ciudades podremos ser felices con lo que nos rodea? La respuesta la llevan estos indígenas en su adn, sangre y espíritu de libertad.






















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