Hace 10 años mi vida cambió para siempre: me subí a un avión de Copa Airlines para empezar una profesión con alas, llena de aprendizajes, de aeropuertos, de equipajes y de nuevas caras. Empecé a volar porque es mi pasión desde siempre, disfruto hacer de mis días momentos para servir y convertir la experiencia a bordo de muchos viajeros en algo memorable.
Entre tantos ires y venires he llenado mi maleta de paisajes. He volado tantas veces que he perdido la cuenta; y no es un secreto que en cada nube corren pensamientos, pero la verdad en ninguno de ellos me imaginé ser mamá, hasta que me casé.
Si hasta el momento había pensado que convertirme en tripulante de cabina me había cambiado la vida lo suficiente, ser mamá fue el giro de mayor amplitud que he dado desde que tengo memoria. Ser mamá de Bastian Mateo es la responsabilidad más grande y más dulce representada en un amor puro, incondicional y genuino, que se manifiesta en las ganas de tocar tierra para verlo, hablarle por teléfono o hacer una videollamada solo para saber que nada ha cambiado en mi ausencia. Ser mamá es tener también el instinto a flor de piel para ayudar a otras madres a bordo, y para atender y cuidar a los niños con una dulzura diferente.
Mi historia es un poco particular y siempre ha girado en torno a la aviación y al amor por mi trabajo, esto ha hecho que deba movilizar a mi familia al interior del país en varias ocasiones. Soy de Bucaramanga, esposa de un bumangués. Después de haberme casado, por temas de operación de la aerolínea tuve que trasladar mi base a Medellín, donde trabajé hasta que me enteré de que estaba embarazada. Ante la noticia, la compañía me dio la posibilidad de regresar a mi ciudad natal y vincularme como personal en tierra mientras transcurría la dulce espera.
Los 9 meses pasaron volando y la licencia de embarazo, por la gran expectativa y alegría, también. En ese entonces, nuestro futuro familiar necesitaba decisiones estratégicas y regresar a Medellín no era una opción adecuada para la profesión de mi esposo, por eso debíamos buscar nuevas alternativas que beneficiaran la carrera de ambos.
En medio de un panorama un poco confuso, se abrió una vacante para mí en Bogotá. No dudé en postularme, y efectivamente el puesto fue mío. Me mudé sola por tres meses mientras me instalaba en la capital. Con Bastian Mateo y mi esposo en Bucaramanga, estos meses fueron largos y cargados de ansiedad, pero valía el esfuerzo porque era una apuesta por nuestro futuro.
El tiempo de espera terminó. Finalmente logramos reunimos en Bogotá. Mi esposo consiguió trabajo y empezamos a distribuirnos las responsabilidades de tal manera que nuestra paternidad fue muy fácil de sobrellevar. Siempre nos caracterizó el trabajo en equipo, soy consciente de que sin su ayuda y colaboración no hubiera logrado equilibrar tanto las cargas. Él siempre ha estado dispuesto a darme su mano, ha impulsado mis sueños y me ha ayudado a ser una mejor mamá profesional.
Entre mis grandes aprendizajes en este camino, puedo decir que ser mamá primeriza tiene una gran dosis de miedos y apuros; los horarios nos obligan a llevar una rutina distinta en la que a veces todos terminamos corriendo, pero esto hace que los momentos que comparto con mi hijo sean 100% de calidad, porque aprendí a manejar el tiempo y a hacer maravillas en la cocina. No pierdo un segundo porque siempre estoy pensando en qué vamos hacer, cómo vamos a disfrutar la tarde, qué lugar vamos a visitar, registro sus avances, palabras, gestos y todos los días me sorprende con algo nuevo. Ser mamá me dio la oportunidad perfecta de crecer y de aprender a balancear entre la vida personal y laboral, de optimizar el manejo del tiempo y de aprovecharlo al máximo.
En este sentido, Wingo se ha convertido en un aliado fundamental de las mamás tripulantes porque los itinerarios no nos obligan a largas pernoctas. De hecho las frecuencias, en su mayoría, nos permiten ir y volver a casa en el mismo día. Wingo no es solamente una fuente de empleo para mí, es mi aliado en este camino de ser mamá y a la vez me permitió cumplir mi sueño profesional. La aerolínea ha sido cómplice de este proceso, a tal punto que el primer avión al que se subió mi pequeño fue uno de Wingo cuando tan solo tenía un año y medio y fuimos a conocer el mar juntos.
Debo confesar que la maternidad de una tripulante aérea tiene retos diferentes, los horarios no son los habituales, y a veces es difícil para los niños acostumbrarse. Sin embargo, sus necesidades se empiezan a acoplar al ritmo de una mamá que vuela.
Creo que todos los lugares que he recorrido me han hecho ver el mundo de una forma mucho más humana; y esa gran experiencia es la que me da la posibilidad de ofrecerle a mi hijo una educación enriquecedora, con herramientas y lecciones de vida propias de una tripulante de vuelo.
Desde bebé, Bastian Mateo tiene la misma fascinación por los aviones que tiene su mamá: los señala, los identifica y le encanta estar a bordo. Lo que no sabe todavía es que toda su vida estará cerca de ellos, familiarizado con los itinerarios, pendiente de las frecuencias, del tren de aterrizaje y quizás encontrará en la profesión de su madre una manera para hacer volar sus sueños.
Mi vida, sin duda alguna, es la mezcla de dos pasiones que se complementan: volar y ser mamá. No me arrepiento un solo día de haber escogido esta profesión.
















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