En un ecosistema digital donde la intimidad se traduce en engagement, la salud mental se ha convertido en uno de los temas más recurrentes entre creadores de contenido. Sin embargo, lo que inició como un movimiento para romper estigmas está encendiendo las alarmas de la comunidad académica. Expertos de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) advierten que la línea entre la divulgación responsable y la trivialización de trastornos graves es cada vez más delgada.
Aunque compartir experiencias personales sobre la ansiedad o la depresión ayuda a normalizar la conversación, la falta de rigor clínico en redes sociales está generando una imagen distorsionada de las enfermedades mentales, alejando en muchos casos a los pacientes de la ayuda profesional necesaria.
El peligro de «sentar cátedra» sin formación
Para la Dra. Rebeca Diego Pedro, docente de la Maestría en Psicología General Sanitaria de VIU, el riesgo principal radica en la generalización de vivencias individuales.
«El hecho de que influencers sin formación en salud compartan su experiencia personal y la conviertan en un discurso generalizable puede ser peligroso. Sentar cátedra sobre lo que funciona basándose solamente en su vivencia conlleva riesgos; la información siempre debe provenir de fuentes fiables», advierte la experta.
La lógica del algoritmo premia lo visualmente atractivo: videos cortos, relatos estéticamente editados y frases motivacionales que suelen simplificar patologías complejas. Según la doctora, esta «estetización del trastorno» puede provocar que los pacientes reales no se sientan validados, sientan vergüenza de su propio proceso o asuman que su condición es un «asunto menor» que no requiere intervención médica.
Humor, memes y el fenómeno «Therian»
La noticia también pone el foco en cómo ciertos fenómenos se convierten en objeto de burla o caricaturización. Es el caso de los therians (personas que se identifican con seres no humanos), un grupo que existe desde hace décadas pero que hoy es alimento de memes.
La Dra. Diego señala que, si bien el humor tiene un valor terapéutico en entornos controlados, en redes sociales puede ser nocivo al minimizar el sufrimiento ajeno. Además, viralizar casos minoritarios desvía la atención de problemáticas de salud mental que afectan a la mayoría de la población.
Menores de edad: Una audiencia sin filtros
Uno de los puntos más críticos es la exposición de niños y adolescentes a este contenido. Al ser una audiencia con un cerebro aún en desarrollo y sin un criterio crítico totalmente formado, el impacto de consumir información sesgada o simplista es aún desconocido.
Claves para un consumo responsable:
- Diferenciar testimonios de diagnósticos: Un video de TikTok no reemplaza una consulta clínica.
- Verificar credenciales: Priorizar contenido creado por profesionales de la salud mental colegiados.
- Consumo crítico: Cuestionar si el contenido busca informar o simplemente generar likes a través de la emoción.
En conclusión, la salud mental no debe diluirse en la lógica del entretenimiento digital. La apuesta debe ser por una alfabetización mediática que permita a los usuarios distinguir entre la empatía de un testimonio y la precisión del conocimiento científico.
















Discussion about this post