En Colombia, la difusión de consejos médicos no verificados a través de redes sociales, audios de WhatsApp y cadenas se ha convertido en un riesgo real para las personas y comunidades. El peligro de estos contenidos no radica únicamente en creer información falsa, sino en las decisiones peligrosas que los ciudadanos toman basándose en ella.
Nathaly Rozo, docente de la Maestría en Salud Pública de Areandina, sede Bogotá, advierte que este fenómeno debe ser tratado como un problema de salud pública y no como un simple desorden digital. La experta señala que actualmente vivimos una «infodemia en salud», la cual se manifiesta de tres formas:
- Desinformación: Cuando el contenido es totalmente falso o impreciso.
- Misinformación: Cuando los usuarios comparten el contenido sin verificar su veracidad.
- Malinformación: Cuando se utiliza información real, pero sacada de contexto o con la intención de generar daño.
El impacto emocional y las señales de alerta
La gravedad de la infodemia radica en la velocidad de propagación. De acuerdo con la docente, las noticias falsas se difunden seis veces más rápido que las verdaderas en plataformas como X (antes Twitter) porque apelan a emociones extremas como el miedo, la indignación, la sorpresa o la esperanza, reduciendo la capacidad analítica del usuario.
Para no caer en la trampa, es fundamental reconocer las señales de alerta. Se debe desconfiar de mensajes que prometen curarlo todo, que usan frases alarmistas como «esto te mata», o conspirativas como «los profesionales de la salud no quieren que sepas». Asimismo, carecen de validez aquellos audios o videos anónimos que no ofrecen fechas, contexto ni respaldo de instituciones, estudios o profesionales responsables.
Consecuencias clínicas y cómo frenar la cadena
El punto más crítico ocurre cuando la desinformación modifica las conductas de los pacientes. Modificar tratamientos o seguir remedios caseros sin supervisión médica puede derivar en automedicación, intoxicaciones, interacciones peligrosas, retrasos en consultas médicas y el abandono de terapias en enfermedades crónicas.
Ejemplos claros de estas consecuencias son el aumento de la resistencia a los antimicrobianos por el uso innecesario de antibióticos y las intoxicaciones documentadas en América Latina por el consumo de dióxido de cloro durante la pandemia.
Para combatir este panorama, los expertos recomiendan aplicar una pausa de verificación antes de compartir: preguntarse quién lo dice, cuándo fue publicado y si hay una fuente comprobable. En Colombia, la información debe contrastarse con entidades oficiales como el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Salud, el Invima, la Supersalud o universidades. A nivel internacional, los referentes son la OMS y la OPS. Además, se hace un llamado a acompañar a los adultos mayores, quienes suelen ser los más vulnerables frente a estas cadenas engañosas.
















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