Mariannys es migrante. Tiene 29 años y su núcleo familiar lo conforman su esposo y sus dos hijos: Yonaikell, de dos años y Jonniel, de siete. Hace un año llegaron de Venezuela al departamento de Norte de Santander buscando nuevas oportunidades de trabajo y un futuro mejor. Sin embargo, la pandemia hizo que el hambre fuera cosa de todos los días.

Mariannys y su familia viven en un pequeño lote prestado por una habitante del sector que decidió vivir temporalmente fuera del departamento. No obstante, ella permanece con la incertidumbre y la angustia de no tener dónde vivir si ella regresa.
Antes del COVID-19, Mariannys ayudaba a su esposo en su labor de reciclador para obtener el dinero necesario del diario y la alimentación de la familia. Sin embargo, cuando las cuarentenas y el uso de mascarilla fueron obligatorios, Mariannys no tuvo más opción que dejar de ayudarlo; por ello, ahora solo pueden juntar $5.000 pesos al día, cifra insuficiente para alimentar a toda la familia.
La ayuda llegaría en noviembre, cuando Yonaikell recibió atención y apoyo por parte del programa de “Asistencia Humanitaria” que llevan a cabo WFP y World Vision con las jornadas de nutrición realizadas en el departamento. Allí, Mariannys fue informada por los profesionales de las organizaciones, que su hijo estaba en la condición de desnutrición aguda moderada. Tenía un peso muy bajo, pues no se alimentaba con regularidad: solo podía permitirse comer dos veces al día.
















Discussion about this post